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La infidelidad del liderazgo: cuando un equipo deja de creer en su líder

por Alfredo Carrasquillo

Hace unos días alguien me hizo una pregunta que me pareció tan simple como incómoda: —¿Qué hace uno con un líder que ha perdido la confianza de su equipo? La pregunta no era teórica. Detrás de ella había una situación concreta: un líder que, por decisiones acumuladas, por promesas incumplidas o por incoherencias reiteradas, había erosionado la confianza de las personas que trabajaban con él. Mi respuesta fue breve, pero directa. El problema de un líder que pierde la confianza de su equipo es, en el fondo, un problema de credibilidad. Y sin credibilidad, el liderazgo se vuelve extremadamente frágil.

Desde la tradición clásica latina se hacía una distinción interesante entre auctoritas y potestas. La potestas es el poder formal: el cargo, el título, la posición dentro de la estructura. La auctoritas, en cambio, es algo mucho más delicado: es la legitimidad que otros te reconocen para influir, orientar y conducir. Un líder puede conservar la potestas. Pero si pierde la auctoritas, empieza a perder su liderazgo real. El título permanece. La capacidad de influir se erosiona. Y en los equipos, esa erosión suele percibirse muy rápido.

Mientras conversábamos sobre esto, la persona con la que hablaba hizo una observación que me pareció muy sugerente. —Entonces es algo parecido a la infidelidad —me dijo. Y pensé que tenía razón. En las relaciones humanas, pocas cosas destruyen la confianza tan profundamente como la infidelidad. No se trata solo de un hecho puntual. Se trata de una ruptura del pacto implícito que sostenía la relación.

En los equipos ocurre algo parecido. Hay una forma de infidelidad en el liderazgo que no siempre se nombra, pero que todos reconocen cuando aparece. Los líderes son “infieles” a la confianza de sus equipos cuando: prometen cosas que no cumplen; dicen una cosa y hacen otra; exigen comportamientos que ellos mismos no practican; utilizan su posición de manera arbitraria; o evitan hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones.

Cada una de esas acciones puede parecer menor en el momento en que ocurre. Pero, para quienes trabajan con ese líder, cada una de ellas es una pequeña grieta en la confianza. Y las grietas, cuando se acumulan, terminan fracturando la relación.

En los equipos, la confianza funciona como una especie de cuenta de ahorro. Se construye lentamente, a través de experiencias repetidas de coherencia, respeto y responsabilidad. Pero se puede perder muy rápido. A veces basta un momento de incoherencia particularmente visible. O una decisión que contradice lo que el propio líder había defendido antes.

Cuando eso ocurre, algo cambia en la mirada del equipo. Las personas empiezan a escuchar de otra manera. A interpretar de otra manera. A creer menos. El problema no es solo el error inicial. El problema es que, cuando la confianza ha sido dañada, el margen de error del líder se vuelve casi inexistente. La más mínima señal de que se repite el patrón anterior puede terminar de destruir lo poco que quedaba de credibilidad.

Por eso la reconstrucción de la confianza es siempre un proceso lento y exigente. No se logra con discursos. Ni con declaraciones de buenas intenciones. Se logra, sobre todo, con comportamiento consistente en el tiempo.

Cuando un líder ha lastimado la confianza de su equipo, tres cosas suelen ser indispensables. La primera es el reconocimiento del daño. No la explicación. No la justificación. El reconocimiento. La segunda es un cambio visible en la forma de actuar. Los equipos no escuchan tanto lo que el líder dice. Observan lo que hace. La tercera es la consistencia. No durante una semana. No durante un mes. Durante el tiempo suficiente para que el equipo pueda volver a confiar en que el cambio es real. La confianza no se reconstruye con promesas. Se reconstruye con coherencia sostenida.

Quizás esa sea una de las responsabilidades más silenciosas del liderazgo. Custodiar la confianza que otros depositan en nosotros. Porque cuando esa confianza se traiciona —aunque sea en pequeñas cosas— se produce una forma de infidelidad que erosiona el “nosotros” del equipo. Y sin ese “nosotros”, el liderazgo pierde su sustancia. El cargo puede permanecer. Pero la autoridad verdadera, esa que permite convocar, inspirar y movilizar a otros, solo existe cuando quienes nos siguen todavía pueden creer en nosotros.