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Cuando una sociedad deja de producir referentes

por Alfredo Carrasquillo

Hay una pregunta que me ronda desde hace tiempo. ¿Por qué parece cada vez más difícil encontrar liderazgos públicos capaces de inspirar?

No me refiero exclusivamente a la política. El fenómeno atraviesa empresas, universidades, organizaciones sin fines de lucro, medios de comunicación y comunidades profesionales. En casi todos los espacios pareciera existir una abundancia de figuras visibles y una preocupante escasez de referentes.

Y no son la misma cosa. Las figuras visibles capturan atención. Los referentes orientan. Las primeras generan conversación. Los segundos generan confianza. Las primeras ocupan espacio. Los segundos ayudan a construir futuro.

Vivimos en una época extraordinariamente fértil para la notoriedad. Nunca había sido tan fácil opinar, reaccionar, comentar, amplificar o proyectar una imagen pública. Sin embargo, la capacidad de convocar, inspirar y movilizar voluntades alrededor de proyectos compartidos parece haberse vuelto cada vez más escasa.

Tal vez porque hemos confundido liderazgo con exposición, influencia con volumen, y autenticidad con espontaneidad.

O tal vez porque hemos olvidado algo más profundo: que el liderazgo no surge únicamente del talento individual. Surge también de los ecosistemas humanos que lo cultivan.

Las sociedades producen los liderazgos que son capaces de formar. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando se debilitan los espacios donde una generación transmite experiencia, criterio y sabiduría a la siguiente? ¿Qué ocurre cuando las conversaciones entre jóvenes y mayores se vuelven cada vez más escasas, más superficiales o defensivas? ¿Qué ocurre cuando dejamos de escuchar a quienes ya recorrieron parte del camino, pero también dejamos de prestar atención a quienes están llamados a recorrer el tramo siguiente?

Estoy convencido de que una parte de la respuesta a nuestra actual escasez de referentes se encuentra precisamente ahí.

Durante siglos, las familias, las comunidades, las universidades, los espacios profesionales y las instituciones funcionaron como lugares donde las generaciones dialogaban. No siempre de manera perfecta. No siempre sin conflictos. Pero dialogaban.

Ese intercambio permitía que la energía de los más jóvenes se encontrara con la experiencia de quienes habían vivido más. Permitía que la innovación conversara con la prudencia. Permitía que la ambición se encontrara con el juicio.

Las mejores sociedades no son aquellas donde una generación reemplaza a otra. Son aquellas donde varias generaciones construyen juntas. Cuando ese puente se rompe, perdemos algo más que memoria. Perdemos capacidad de imaginar el futuro. 

Y quizá por eso abundan hoy los liderazgos reactivos, impulsivos o atrapados en la lógica de la confrontación permanente. Porque resulta difícil desarrollar profundidad cuando las conversaciones que ayudan a construirla han desaparecido.

Las sociedades no necesitan únicamente más líderes. Necesitan mejores condiciones para formarlos. Necesitan espacios donde la experiencia pueda compartirse sin arrogancia y la juventud pueda cuestionar sin desprecio. Necesitan conversaciones capaces de conectar pasado, presente y futuro. Porque los referentes no aparecen por generación espontánea. Se forman. Se acompañan. Se modelan.

Y si queremos liderazgos públicos capaces de inspirar, quizá debamos comenzar por reconstruir los puentes intergeneracionales que alguna vez hicieron posible su aparición.