Blog

Conectar en tiempos de fragmentación

por Alfredo Carrasquillo

Sobre mediación, convivencia y la posibilidad de reconstruir el nosotros

Hace unos días tuve el privilegio de presentar el libro Conecta: una guía para procesos de mediación de conflictos, de Rafael Juarbe Pagán, en el marco de la Feria del Libro de Caguas.

Al preparar esas palabras —y al escucharlas en voz alta frente a una sala llena— confirmé algo que llevo tiempo pensando: hablar de mediación hoy es, en el fondo, hablar de convivencia.

Hay una idea del expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica que me ha acompañado durante años y que vuelve a cobrar sentido en este contexto. Decía Mujica que debemos aprender a vivir con lo diferente, que el respeto auténtico no se dirige a quienes ya piensan como nosotros, sino precisamente a quienes no lo hacen. Que, en última instancia, el arte de convivir depende de esa capacidad, porque de lo contrario, el mundo se vuelve inhabitable.

Ese es, a mi juicio, el trasfondo más profundo del trabajo de Rafael Juarbe.

Más allá de su evidente valor como guía metodológica —rigurosa, clara y bien anclada tanto en la práctica como en la teoría—, Conecta aporta algo que escasea: una forma de mirar el conflicto que no lo reduce ni lo dramatiza en exceso, sino que lo sitúa como parte inevitable de la vida social.

El texto logra un equilibrio poco frecuente. Por un lado, recoge la experiencia concreta de su autor como mediador y su esfuerzo por sistematizarla para otros. Por otro, se apoya en una base conceptual sólida y transdisciplinaria que recuerda que la mediación no es simplemente un conjunto de técnicas, sino un oficio que exige disciplina, sensibilidad y criterio.

A eso se suma una virtud que no siempre se encuentra en este tipo de obras: su vocación pedagógica. El libro no simplifica lo complejo, pero tampoco lo vuelve inaccesible. Hace comprensible una práctica exigente sin diluir su profundidad.

Y, quizás más importante aún, está el tono. Quienes conocemos a Rafa reconocemos en estas páginas su manera de estar en el mundo. No escribe desde la pretensión del experto, sino desde la humildad del artesano. Desde alguien que sabe que toda práctica es imperfecta, que todo proceso entraña riesgos y que el aprendizaje nunca termina. Esa ética —discreta pero firme— atraviesa toda la obra.

Sin embargo, limitar la lectura de Conecta a su dimensión técnica sería quedarse corto. En un momento marcado por la polarización, por la facilidad con la que descalificamos al que piensa distinto y por una creciente fragmentación del tejido social, este libro nos devuelve a una intuición esencial: la posibilidad de conectar.

Hay un pasaje en el que Rafa menciona a su abuela Lola, quien le enseñó a mirar los problemas desde el amor. Lejos de ser un detalle anecdótico, esa referencia funciona como un eje silencioso que sostiene toda la propuesta. Nos recuerda que la mediación no es solo un procedimiento, sino también una disposición.

Por eso, más que un manual para alejarnos del —permítaseme el término— “pleitismo” tan presente en nuestras sociedades, este trabajo sugiere algo más ambicioso: que otra forma de convivencia es posible.

Una convivencia que no niega el conflicto, pero que tampoco renuncia al diálogo. Que reconoce la diferencia sin convertirla automáticamente en amenaza. Que apuesta por la capacidad humana de comprender, de reconocer y de vincularse incluso en medio del desacuerdo.

En un país que a veces parece organizado en tribus —en lo que el poeta llamó “soledades juntas”—, esta obra apunta en otra dirección: hacia la construcción del nosotros. Hacia el fortalecimiento del capital social, la regeneración de la confianza y la creación de espacios donde las diferencias puedan ser habitadas sin necesidad de ser borradas.

Como todo trabajo serio, además, abre preguntas.

Una de ellas tiene que ver con la neutralidad. En los procesos de mediación se espera del mediador una posición neutral. Sin embargo, también sabemos que la objetividad plena no es posible. Somos sujetos atravesados por historias, creencias, sesgos y emociones. Reconocer esa condición no debilita la práctica; al contrario, la hace más exigente desde el punto de vista ético. En esa dirección, el comentario que hace su colega Lester Santiago dentro del texto abre una línea de reflexión particularmente sugerente: ¿cómo navegar esa tensión entre la aspiración de neutralidad y la inevitable subjetividad que nos constituye?

Otra pregunta apunta hacia la memoria. Ningún conflicto es completamente nuevo. Llegamos a ellos cargando experiencias previas, huellas emocionales, interpretaciones acumuladas. A veces, un gesto, un tono de voz o una palabra activa historias que no pertenecen del todo al conflicto presente, pero que inciden en él de manera decisiva. Comprender cómo operan esas memorias —y cómo pueden ser reconocidas y trabajadas— es un campo de enorme riqueza que merece ser explorado con mayor profundidad.

Al final, textos como este hacen algo más que enseñar una práctica: abren una conversación. Y en tiempos como los que vivimos, eso no es poca cosa. Quizás ahí radica su mayor valor: en recordarnos que, aun en medio de la diferencia, el desacuerdo y la tensión, sigue siendo posible —y necesario— volver a encontrarnos.