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Preguntas para empezar el 2026: liderar cuando el mundo no da tregua
por Alfredo Carrasquillo

Cada inicio de año viene acompañado de un ritual conocido: agendas nuevas, promesas renovadas y el deseo —siempre legítimo— de que esta vez sí haremos las cosas de otra manera. Sin embargo, el mundo con el que inauguramos el 2026 parece poco dispuesto a ofrecernos la tranquilidad que solemos asociar con los nuevos comienzos. Tensiones geopolíticas persistentes, economías frágiles, organizaciones exhaustas, avances tecnológicos que desafían nuestras certezas y una creciente sensación de saturación emocional configuran un escenario en el que liderar se ha vuelto más complejo… y más humano.
En este contexto, insistir únicamente en metas, indicadores y resoluciones corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de negación. No porque planificar sea inútil, sino porque planificar sin interrogarse suele reforzar automatismos que ya no nos sirven. Tal vez, más que sumar tareas a la agenda, el verdadero desafío para iniciar el 2026 consista en hacernos mejores preguntas.
He aprendido, acompañando a líderes y equipos en distintos países y sectores, que la interrogación honesta sigue siendo una de las herramientas más potentes para remover obstáculos, ampliar la mirada y recuperar margen de maniobra. Preguntas que incomodan, que sacuden nuestras narrativas internas y que nos obligan a revisar cómo estamos interpretando —y habitando— nuestro rol.
Algunas de esas preguntas podrían ser estas.
¿Desde qué lugar emocional estoy liderando hoy?
No basta con hablar de inteligencia emocional como concepto. Conviene preguntarse con crudeza si estamos liderando desde la serenidad, la urgencia permanente, el miedo a perder relevancia o la necesidad de control. En tiempos de presión sostenida, muchas decisiones no se toman desde la estrategia, sino desde el agotamiento. ¿Qué impacto tiene eso en la calidad de nuestras decisiones y en el clima que generamos?
¿Qué conversaciones estoy evitando y a qué costo?
En organizaciones cansadas, la postergación se vuelve una estrategia silenciosa: temas que no se nombran, tensiones que se barren debajo de la alfombra, desempeños mediocres que se toleran por comodidad o temor al conflicto. ¿Qué conversaciones difíciles estamos aplazando y cómo esa postergación erosiona la confianza, la credibilidad y los resultados?
¿Estoy adaptando mi liderazgo a la diversidad real de mi equipo o sigo liderando como aprendí hace diez o veinte años?
La diversidad generacional, cultural y de expectativas ya no es un “tema emergente”; es el terreno cotidiano del liderazgo. ¿Estamos ajustando nuestras formas de comunicar, delegar, inspirar y dar feedback, o seguimos apostando a recetas que funcionaron en otro contexto y con otras personas?
¿Qué lugar tienen el aprendizaje y el error en nuestra cultura, más allá del discurso?
Muchas organizaciones declaran valorar el aprendizaje, pero penalizan el error de manera explícita o implícita. ¿Qué señales concretas damos cuando alguien se equivoca? ¿Invitamos a reflexionar y mejorar o activamos mecanismos defensivos que inhiben la iniciativa?
¿Qué estamos haciendo para proteger la atención y el foco en un entorno diseñado para fragmentarlos?
El secuestro de la atención no es solo un problema individual, sino organizacional. Reuniones interminables, urgencias artificiales, hiperconectividad permanente. ¿Estamos diseñando deliberadamente espacios de concentración, reflexión y trabajo profundo, o seguimos normalizando la dispersión como si fuera inevitable?
¿Cómo estamos construyendo un “nosotros” en contextos de fragmentación?
La colaboración no surge por decreto. Requiere espacios, reglas claras y liderazgo que convoque. ¿Estamos creando instancias para pensar juntos, revisar cómo trabajamos y redefinir acuerdos, o simplemente nos quejamos de los silos mientras los reforzamos con nuestras prácticas?
¿Estoy dedicando tiempo suficiente a desarrollar personas o solo a apagar incendios?
Cuando todo es urgente, el desarrollo queda relegado. ¿Estamos diferenciando espacios operativos de espacios de coaching y crecimiento, o seguimos esperando que lo importante ocurra en los márgenes del día?
¿Qué tipo de ejemplo doy respecto al equilibrio entre vida y trabajo?
Más allá de los discursos sobre bienestar, ¿qué modelamos con nuestras agendas, horarios y formas de estar disponibles? ¿Estamos habilitando otras maneras de trabajar sin sacrificar resultados?
¿Estoy liderando desde la presencia en el negocio o desde el encierro en los indicadores?
Los datos son indispensables, pero no reemplazan el contacto con clientes, aliados y equipos. ¿Qué espacio tiene en nuestra agenda la construcción de relaciones y la lectura viva del entorno?
¿Qué estoy dispuesto a soltar para poder liderar mejor en 2026?
Tal vez esta sea la pregunta más incómoda. Soltar prácticas, creencias, roles o incluso identidades que nos dieron seguridad en el pasado, pero hoy nos limitan.
Un nuevo año no garantiza un nuevo comienzo. Eso solo ocurre cuando nos animamos a interrogarnos con honestidad y a elegir, una y otra vez, andar de modo distinto. Ojalá que algunas de estas preguntas te acompañen al iniciar el 2026. No como un checklist, sino como una brújula.
Porque en tiempos complejos, liderar no es tener todas las respuestas, sino atreverse a sostener las preguntas correctas.