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Liderar también duele: una defensa de la vulnerabilidad directiva

por Alfredo Carrasquillo

Existe una narrativa dominante en torno al liderazgo que resulta tan seductora como incompleta. Una narrativa que celebra la valentía, la visión, la resiliencia, la capacidad de inspirar, de transformar culturas, de movilizar personas hacia horizontes ambiciosos. Todo eso es cierto. Pero es solo una parte de la historia.

La otra parte —la que se menciona poco— es que liderar también duele.

Duele porque implica cargar con responsabilidades que no se pueden delegar del todo. Porque supone tomar decisiones en contextos de alta incertidumbre, sabiendo que ninguna alternativa es perfecta y que siempre habrá costos invisibles. Porque obliga a sostener la esperanza de otros cuando uno mismo está atravesando dudas, cansancio o temor.

En el discurso público solemos hablar mucho de los efectos nocivos de los malos liderazgos. De estilos tóxicos, de jefaturas abusivas, de culturas disfuncionales que expulsan talento. Y con razón. Pero en ese énfasis, a veces perdemos de vista algo fundamental: muchos líderes no sólo no son el problema, sino que están profundamente comprometidos con hacer las cosas mejor, aun cuando eso los expone a una carga emocional enorme.

Quien acompaña procesos de liderazgo desde cerca —como coach, consultor o mentor— escucha una y otra vez los mismos dolores: rivalidades enquistadas en los equipos, resistencias al cambio que se expresan como sabotaje pasivo, angustias financieras que no se pueden compartir con nadie, sensación de soledad en la cima, miedo a equivocarse, síndrome de la impostura, desgaste por conflictos interpersonales, frustración ante la falta de compromiso o la cultura del reclamo permanente.

Dolores silenciosos, muchas veces invisibles para quienes observan desde fuera.

Y, sin embargo, a pesar de todo eso, hay líderes que eligen cada día no endurecerse, no tornarse cínicos, no protegerse detrás del control o la indiferencia. Líderes que siguen apostando por la confianza, por el diálogo, por la compasión, por el desarrollo de otros, aun sabiendo que eso los vuelve más vulnerables.

Quizás uno de los mayores malentendidos sobre el liderazgo sea pensar que la fortaleza consiste en no sentir. En realidad, la fortaleza suele consistir en algo mucho más exigente: aprender a transformar el malestar en responsabilidad, el miedo en reflexión, la soledad en búsqueda de sentido.

Liderar no es solo producir resultados. Es también sostener tensiones internas, elaborar frustraciones, renunciar a certezas, habitar preguntas sin respuestas inmediatas.

Y aceptar que el dolor forma parte del camino no es una señal de debilidad, sino una forma de honestidad radical. Tal vez, incluso, una de las condiciones para ejercer un liderazgo verdaderamente humano.