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Liderar desde la frontera: la ventaja estratégica de la extranjería

por Alfredo Carrasquillo

En las organizaciones solemos hablar mucho de pertenencia.
Se espera que el líder se identifique con la cultura, encarne sus valores y represente la historia de la institución que dirige. Y todo eso tiene sentido. Sin pertenencia no hay confianza. Sin identificación es difícil movilizar a otros.

Pero la pertenencia total también tiene un riesgo. Cuando un líder se integra demasiado profundamente en la cultura que dirige, puede perder algo esencial: la capacidad de verla. Las culturas organizacionales —como las culturas sociales— desarrollan con el tiempo sus propios hábitos de pensamiento. Prácticas que ya no se cuestionan. Explicaciones que se repiten sin reflexión. Supuestos que se vuelven invisibles.

El pensador estadounidense John W. Gardner llamó a este fenómeno functional blindness: la ceguera funcional que surge cuando la familiaridad con un sistema impide percibir sus limitaciones. No se trata de falta de inteligencia. Se trata, paradójicamente, de exceso de familiaridad. Lo que vemos todos los días termina por volverse invisible.

Aquí aparece una dimensión menos discutida del liderazgo: la importancia de conservar una cierta extranjería. No como falta de compromiso. No como arrogancia. Sino como una posición desde la cual es posible mirar de nuevo. El líder necesita entrar en la cultura. Comprenderla, respetarla, honrar lo que ha construido. Pero también necesita, de vez en cuando, tomar distancia y observarla desde cierta exterioridad. Sólo así puede formular preguntas que otros ya no se hacen, identificar patrones que se han naturalizado y volver visibles problemas que el sistema dejó de percibir.

Tal vez por eso el liderazgo puede entenderse como un ejercicio valiente e inteligente de entrar y salir. Entrar para pertenecer. Salir para poder ver. Sin embargo, la extranjería no sólo permite mirar de nuevo. También permite ver de otra manera. En el campo del coaching ontológico se suele recordar que los seres humanos no observamos la realidad de manera neutra.  Observamos desde nuestras estructuras de interpretación: marcos de sentido que nos permiten distinguir ciertas cosas mientras otras permanecen fuera de nuestro campo de atención. Lo que no tenemos distinciones para observar, simplemente no lo vemos.

Por eso, una de las contribuciones más valiosas de alguien que llega desde cierta exterioridad es la capacidad de introducir nuevas distinciones. Nombrar fenómenos que antes no tenían nombre. Formular preguntas que abren nuevas posibilidades de comprensión. Cuando aparece una nueva distinción, algo cambia en la manera de observar. Y cuando cambia la manera de observar, cambia también el campo de acción posible.

La extranjería, en ese sentido, puede convertirse en una ventaja estratégica para el liderazgo: no sólo porque permite detectar problemas invisibles, sino porque amplía el repertorio de interpretaciones disponibles para la organización.

Pero la reflexión sobre la extranjería no termina ahí. La psicoanalista y pensadora Julia Kristeva, en su libro Strangers to Ourselves, retoma una intuición fundamental del psicoanálisis inaugurado por Sigmund Freud: lo extraño no está solamente fuera de nosotros. También habita dentro. Somos, en cierto sentido, extranjeros para nosotros mismos.

Hay en cada persona zonas de su experiencia que no conoce del todo: motivaciones inconscientes, reacciones que sorprenden, emociones que aparecen sin explicación inmediata. Reconocer esa dimensión de extrañeza interior forma parte del desarrollo de la autoconciencia. Y esa conciencia tiene consecuencias importantes para el liderazgo.

El líder que cree conocerse completamente corre el riesgo de interpretar todos los conflictos como problemas externos. En cambio, quien reconoce que tampoco es completamente transparente para sí mismo desarrolla una cualidad distinta: humildad psicológica. Comprende que sus percepciones pueden estar sesgadas. Que sus reacciones también merecen ser interrogadas. Que su propia experiencia contiene zonas desconocidas.

Paradójicamente, esa conciencia de la propia extranjería puede hacer al líder más capaz de encontrarse con lo diferente en los demás. Quien sabe que hay algo desconocido dentro de sí está mejor preparado para relacionarse con lo desconocido fuera. Quizá por eso el liderazgo maduro no consiste sólo en dirigir sistemas o movilizar personas. También implica aprender a habitar ciertas fronteras: entre pertenencia y distancia, entre certeza y pregunta, entre conocimiento y misterio. Entrar lo suficiente para comprender.
Salir lo suficiente para ver. Y abrir nuevas distinciones que permitan a otros mirar lo que antes permanecía invisible. Porque cuando un líder se vuelve completamente indistinguible de la cultura que dirige, pierde una de sus funciones más importantes: la de poder observarla. Y cuando un líder cree conocerse completamente a sí mismo, corre el riesgo de perder otra capacidad igualmente esencial: la de seguir aprendiendo.

Tal vez el liderazgo, en última instancia, sea precisamente eso: la capacidad de sostener una cierta extranjería —frente al sistema, frente a la cultura y también frente a uno mismo— para poder mirar el mundo con ojos que aún conservan la capacidad de descubrir.