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Liderar desde la duda fértil

por Alfredo Carrasquillo

Los tiempos que vivimos no son tiempos para ilusiones ni certezas. Incluso podemos sentir nostalgia por aquellas épocas en las que bastaba con gestionar riesgos: tener escenarios listos para responder a la irrupción de lo conocido. Hoy, en cambio, lo verdaderamente decisivo en el ejercicio del liderazgo no es el manejo del riesgo, sino la gestión de la incertidumbre; es decir, de aquello que resulta, en gran medida, inédito y desconocido.

El problema es que, si nos dejamos atrapar por la búsqueda de certezas y garantías imposibles, siempre elegiremos tarde y, en consecuencia, mal. Esa es la gravedad de una práctica conocida: la parálisis por análisis, desbordada por la angustia y la duda obsesiva.

Pero lo opuesto es igualmente riesgoso. La prisa confundida con agilidad y el aferrarnos a repetir soluciones que funcionaron en el pasado —creyendo que ya hemos estado ahí y que contamos con un mapa claro para avanzar— nos expone también a tropiezos significativos.

En tiempos aciagos y desconocidos como los que nos ha tocado vivir, y que a muchos les exige liderar equipos y personas en condiciones complejas, estoy convencido de que la clave reside en liderar desde la duda fértil. Me refiero a una apertura a la interrogación que no se desliza apresuradamente hacia certezas ficticias, sino que honra la pausa necesaria para la reflexión rigurosa, el análisis estratégico, la planeación por escenarios y el pensamiento crítico; este último, una destreza cuya relevancia se ha vuelto casi un lugar común, pero no por ello menos imprescindible en esta coyuntura histórica.

Ahora bien, la duda fértil no germina como fruto de la reflexión solitaria o monacal. Es una invitación a que los líderes asuman un estilo de facilitación de conversaciones críticas y diálogos profundos; a propiciar ese choque de ideas que no teme a los desacuerdos ni a las diferencias, sino que reconoce en ellos el potencial de activar la genialidad colectiva, de generar distinciones capaces de transformar nuestras estructuras de interpretación y de abrir caminos inéditos para la acción compartida.

De este modo, la apuesta por una duda fértil que impulsa conversaciones productivas no solo favorece la innovación —en tiempos en los que no podemos contentarnos con la repetición de lo mismo— sino que, además, nutre la construcción de un nosotros más robusto que, como sostengo en mi libro Equipo en construcción, perdonen las molestias, fortalece el sentido de pertenencia y el compromiso con la búsqueda compartida de soluciones.

Los líderes que pretenden vender —y quedan atrapados en el montaje narcisista— la idea de que lo saben todo y tienen todas las respuestas, se privan de esa riqueza que solo emerge de la inteligencia colectiva.

De ahí que mi invitación sea clara: liderar desde la duda fértil no es señal de debilidad ni de inseguridad. Por el contrario, es una apuesta por la responsabilidad compartida para navegar con mayor lucidez la incertidumbre, articular futuros posibles y construir, en el proceso, un nosotros capaz de sostenerlos.