Blog
Las trampas de la memoria
por Alfredo Carrasquillo

Los vínculos humanos cargan consigo una opacidad inevitable, un peso de memorias que anteceden incluso al nacimiento de la relación. No se trata de que, entre hermanos en una empresa familiar, entre integrantes de un equipo de trabajo o entre un líder y sus colaboradores, exista necesariamente una intención de ocultar o limitar la transparencia. Lo que señalo es que, aun con el deseo de claridad, la condición humana arrastra una carga histórica e inconsciente que atraviesa nuestras interacciones. Como bien lo recordó un poeta a su profesor de anatomía: el cuerpo no está habitado primordialmente por agua, sino por memorias.
Lo comparto porque con frecuencia trabajo con líderes, equipos, familias empresarias y organizaciones que se ven atrapados en conflictos que parecen irresolubles. Muchos no alcanzan a comprender por qué ciertos desacuerdos despiertan emociones tan intensas, ni cómo esas emociones terminan descarrilando el diálogo y añadiendo complejidad a las diferencias. ¿Por qué ese líder logra provocarme tanta angustia? ¿De dónde viene la sensación de violencia frente a colegas testarudos y reacios al cambio? ¿Qué explica el pulseo incesante entre socios accionistas que multiplica los costos emocionales y de gestión?
Lo que me ha resultado útil en mi trabajo como coach y facilitador de diálogos es recordar a mis clientes que los conflictos actuales rara vez se deben únicamente a la persona que hoy provoca la incomodidad. Están atravesados, más bien, por las trampas de la memoria. Nuestra capacidad humana —casi nunca consciente— de evocar viejos dolores y disputas contamina lo que enfrentamos en el presente.
A veces se trata de un tono de voz que nos remite a experiencias de violencia. Otras, de actitudes pasivo-agresivas que despiertan antiguos disgustos. Con frecuencia, son dinámicas repetidas que nos colocan —o intentan colocarnos— en papeles que ya conocemos y de los que hemos intentado salir. Cuando advertimos que alguien busca devolvernos a esa lógica, la animadversión aparece de inmediato.
De ahí la importancia de, antes de atender un conflicto presente, preguntarnos qué memorias podría estar activando. Hacer consciente lo que opera en el trasfondo nos permite desalojar los fantasmas del pasado para dar espacio a una conversación más clara y menos cargada. Como sabiamente advertía Ralph Waldo Emerson: “todo parece permanente, hasta que su secreto es develado”.
Quizás el verdadero reto no consista solo en resolver lo que está a la vista, sino en reconocer lo invisible: las huellas que nos habitan y que influyen en cada encuentro. Cuando desarmamos las trampas de la memoria, abrimos la posibilidad de relaciones más libres, de diálogos más auténticos y de equipos capaces de avanzar sin arrastrar cadenas que ya no les pertenecen.