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El desafío de comprender nuevas formas de relacionarse con el mundo del trabajo

por Alfredo Carrasquillo

Nunca había sido tan evidente que trabajamos desde paradigmas distintos. Lo que para unos es compromiso, para otros es desequilibrio. Lo que para unos representa ambición, para otros es una forma de renuncia. Comprender que cada persona observa la realidad a través de un lente diferente es uno de los mayores desafíos que enfrentamos como seres humanos. Y ese lente —ese observador que somos— está condicionado por nuestra formación, nuestras experiencias de vida y un sinnúmero de variables, entre ellas la generación a la que pertenecemos. Si bien generación no es destino, no hay duda de que nuestra edad incide en nuestra forma de mirar e interpretar el mundo.

Para los líderes, esa comprensión se vuelve particularmente retadora cuando se encuentran con empleados más jóvenes que manifiestan, abierta y consistentemente, una manera diferente de vincularse con el trabajo. Desde honrar la idea de que trabajan para vivir y no al revés, hasta proteger espacios de autocuidado y aspirar a una sana conciliación entre la vida y el trabajo, muchos miembros de las nuevas generaciones otorgan un sentido distinto del compromiso con su entorno laboral. Y ese compromiso —que no incluye días sucesivos de horas extras ni conexión permanente fuera del horario— suele ser visto con sospecha por parte de quienes los dirigen.

Un líder me comentaba hace unos días, con sorpresa, que tenía una empleada joven muy talentosa, con deseos de crecer profesionalmente, pero que jamás se quedaba después de las cinco de la tarde. Aunque al principio no lo expresó directamente, su mirada dejaba entrever la pregunta que finalmente formuló: ¿Cómo pretende crecer si su compromiso se reduce al ocho a cinco de su horario regular?

En la estructura de interpretación de muchos líderes —sobre todo aquellos formados en generaciones anteriores— el compromiso se asocia con “dar la milla extra”, lo cual suele traducirse en jornadas de quince horas y una entrega que sacrifica tiempo personal y familiar. Sin esa disposición, el compromiso parece insuficiente o incluso dudoso. Y lo que es peor: lleva a concluir que quien no replica esa lógica no merece un ascenso.

Con frecuencia invito a los líderes a detenerse, a escuchar con atención y a dialogar con su talento más joven. A que intenten comprender sus visiones del mundo, sus aspiraciones y sus formas de expresar el compromiso laboral. Los que lo han hecho, gestionando sus sesgos lo mejor posible, descubren que no hay falta de compromiso, pereza ni irresponsabilidad. Lo que hay es una ética del trabajo y de la vida distinta.


Esa ética no consiente las jornadas maratónicas que muchos normalizaron, pero tampoco está reñida con la búsqueda de resultados de excelencia. Al contrario: a los más lúcidos los guía la apuesta por el trabajo inteligente y no por el trabajo duro. Cuando los líderes hacen las paces con esa nueva manera de habitar el trabajo, pueden generar conversaciones más honestas sobre prioridades, expectativas, tiempos y entregables.

Cada generación trae consigo una nueva conversación sobre el sentido del trabajo. Escucharla no debilita la cultura de compromiso: la transforma. Cuando los líderes logran entender que el talento joven no rehúye el esfuerzo, sino que busca equilibrio y sentido, entonces surge un terreno fértil donde florecen equipos más sostenibles, más humanos y, paradójicamente, más productivos.