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Cuando nadie quiere el puesto del jefe
por Alfredo Carrasquillo

Durante años, preparar sucesores a tiempo ha sido uno de los grandes retos del liderazgo organizacional. Lograr el compromiso sostenido de los líderes para invertir tiempo en desarrollar talento e identificar posibles relevos no siempre ha sido fácil. Sin embargo, algo ha cambiado: cada vez más directivos comprenden el valor de dedicar tiempo de calidad a esa labor de mentoría y acompañamiento.
La evidencia y mi experiencia coinciden: los líderes que invierten de forma consistente en el desarrollo de su gente aumentan la retención, el compromiso y la motivación. Las personas se quedan donde sienten que alguien apuesta por su crecimiento y vislumbra un futuro para ellas. Esa experiencia responde, en particular, a una expectativa muy presente en las generaciones más jóvenes: trabajar con líderes dispuestos a enseñar, compartir y abrir caminos.
Quienes sostienen al menos una conversación anual sobre horizonte y planes de carrera con sus potenciales reemplazos confirman que sí existen oportunidades de crecimiento. Pero muchos de ellos comienzan a encontrarse con un fenómeno inesperado:
Hoy el problema ya no es la falta de sucesores.
Es la falta de interés en suceder.
Cada vez con más frecuencia, esos talentos potenciales expresan con honestidad —y sin dramatismo— que, si liderar implica vivir como viven sus jefes, prefieren otra ruta profesional o incluso permanecer en su rol actual.
En empresas familiares, este fenómeno se manifiesta en nuevas generaciones que optan por vender los negocios y delegar la gestión de sus activos a estructuras profesionales antes que asumir un estilo de vida que observaron durante años: jornadas interminables, fines de semana comprometidos y vacaciones interrumpidas por urgencias empresariales.
En corporaciones multinacionales ocurre algo similar: hay líderes listos para el siguiente paso o para el retiro, pero ninguna de sus cartas de reemplazo desea ocupar su lugar.
No se trata de una supuesta falta de ética laboral generacional. Se trata de una ética distinta: una que no está dispuesta a pagar el precio de modelos de liderazgo que asocian éxito con desgaste crónico. Muchos jóvenes profesionales no rechazan el liderazgo; rechazan el tipo de vida que han visto acompañarlo.
Y aquí aparece el verdadero desafío contemporáneo de la sucesión: no basta con formar sucesores; hay que hacer que el liderazgo resulte deseable.
Eso exige que los líderes revisen su manera de trabajar, de organizar sus agendas, de establecer prioridades y, sobre todo, de liderarse a sí mismos. Porque sí: cuando la gestión del tiempo es inteligente y las responsabilidades están bien diseñadas, liderar no tiene por qué significar jornadas interminables ni una existencia permanentemente tensionada.
Implica también algo más profundo: desarrollar la capacidad de autorregular emociones, manejar estresores y evitar que el desgaste se convierta en el principal mensaje que reciben los equipos. Cuando un potencial sucesor observa a su jefe agotado, desbordado o atrapado en una dinámica que erosiona su bienestar, el mensaje implícito es claro: yo no quiero esa vida para mí.
El éxito en la formación de sucesores depende hoy, en buena medida, de que quienes preceden modelen algo distinto: voluntad de cambio, compromiso con el autocuidado y la convicción de que liderar resultados y cuidar el bienestar no son objetivos incompatibles.
En ese modelaje —que construye credibilidad, confianza y aspiración— se encuentra uno de los secretos para renovar el interés de los buenos talentos por ejercer liderazgo.
Porque, en última instancia, en esa transformación se juega la continuidad misma de muchos proyectos.